Vanesa Ivanoff

Nací en la República Oriental del Uruguay, en Juan Lacaze, un pueblito a 40 km de Colonia del Sacramento, dónde el andar es lento, se saluda a cada paso y la siesta es cotidiana. Crecí entre arroyos, sauces, eucaliptus, playa de río, arena blanca y atardeceres de fuego. Entre una mezcla de españoles y búlgaros, de corazón charrúa, mesas bien tendidas y la cocina en el alma.
Vivíamos en una casa blanca, en la esquina, sobre la carretera, con doble entrada y cuarenta y cuatro rosales de custodia.  A mi padre le gustan especialmente las rosas. No sé si es por la fragancia, o porque es su forma de honrar al abuelo Grigor, Un búlgaro, con poca escuela y mucha vida, de mirada clara y compromiso en la palabra.  Me gusta verlo, en su afición a las flores. Todavía conserva la costumbre. Las observa por un rato, las toca despacito, espera, cierra los ojos y saborea el aroma que se le pega a las manos. Sus favoritas ahora son las lavandas y el cedrón, antes eran las damascenas, le gustaban embebidas de rocío, de mañana o en los días de calor cuando las monarcas copaban los canteros y la tierra.

Las noches claras eran de picnic, entre la palmera y el cedro azul. En nochebuena se encendía. Tenía estrellas, lucecitas blancas y muñecos de papel. Los veranos eran largos, había ciruelo, manzanos y uva chinche en la galería de atrás.  El parral era el refugio a la hora de la siesta, el sol quemaba y no había ganas de dormir. El antiguo molino de agua, era el escondite perfecto para las noches de tormenta o cuando el cielo se volvía mapa y las estrellas fugaces se dejaban mirar.
Al fondo, entre el peral y el gallinero,  el horno de barro hecho a mano, se encendía por las tardes. Había pasteles de manzana y pera, pan de levadura vieja, con ruido a hueco, de costra pesada que crujía al morder.  Una capa de manteca y  una lluvia de azúcar por arriba, bigotes dulces de felicidad.
La abuela Elvia, la de ojos color cielo, vivía cerca. Nos esperaba siempre lista, a mi hermano y a mí, con sus buñuelos de banana, que eran gotas de rocío, tenían el peso de las nubes y se disolvían de una vez. Un chocolate frío, bebido de apuro, en bici hasta el río, de paso por la la torre de agua o hasta la playa verde, ida y vuelta antes del atardecer.
Nunca faltaban las tardes de “cometas”, que se inflaban con el viento y para que volaran alto había que correr. O los días de pique, en el arroyo “El Sauce” con mi tío abuelo, Antonio, que me enseñaba a encarnar, a entender a las plantas, a hablar con la corriente y a robarle chispas a las piedras cuando no había con qué encender.
En el invierno, la chimenea chillaba. Había verduras al plomo, juegos de mesa, sopas humeantes, té negro de Ceylón y muchas ganas de conversar.
Un linaje de mujeres que amaban lo hecho en casa, me enseñaron desde siempre el amor por saborear, hacer honor a lo que había, a los detalles y al gusto por recibir. El té de la tarde era una simple ceremonia con scons apenas tibios, mermeladas caseras,  crema doble batida y si era domingo a veces de limón.
Mi padre, entre vacas y chanchos,  había aprendido de mi abuelo, la pasión por cosechar. Las verduras siempre frescas alimentaban los recuerdos y las ciruelas arrancadas de gajo eran su satisfacción.
Se celebraba seguido, la casa se llenaba ruido y la cocina tomaba color. Horno a leña, parrillada, aperitivos sagrados, tortas, dulces, y vino casero con la receta del viejo piamontés, se mezclaban con la charla, las risas y las ganas de volver.
La mudanza inesperada a Buenos Aires, cambió el ritmo. El día duraba menos, los encuentros eran escasos y  las cenas funcionaban como antídoto que aflojaba tanta novedad. Extrañaba el paso lento, a la familia y los amigos, a mi casita de pueblo, a las raíces que me vieron nacer.
El tiempo tomó impulso y  responsabilidad. Me hice grande de golpe, estudiaba y trabajaba. La Universidad de Buenos Aires, con sus idas y vueltas,  fue el molde necesario para hacerme fuerte y aprender. La curiosidad por ver  el mundo se despertó rápido y  viajar se volvió pasión.  Encontré en el descubrir ciudades, una nueva forma de fluir. Todo me parecía cerca, Latinoamérica o París, Italia o Madrid. Pero Europa del Este acentuó la sensibilidad.
Visitar la casa donde mi abuelo paterno había nacido, a unos 300 Km de la ciudad de Sofía, en Bulgaria, fue un latir más fuerte y un decir sí.  Como en los cuentos de mi padre, de charlas entre un niño curioso y un búlgaro que apenas pronunciaba el español, el pueblito entre sierras se parecía a los relatos y así logré entenderlo mejor. La casa era simple, con una escalera de madera, con la mirada hacia el jardín, de frente la sierra y un manzano repleto y listo para cosechar.
Explorar me moldeaba cada vez más. No importaba el esfuerzo, veinte años de carrera, sucedieron sin pensar. Primero a administrar y a vender. Después a gestionar, diseñar estrategias, escuchar y resolver. Al principio de pequeños equipos, con ganas, errores y mucho esfuerzo crecí sin parar.

El amor por la palabra, los libros y las letras, empezó a presionar y un día, sin darme cuenta volví a escribir.  Contar historias es un insistir cotidiano que resuena profundo en quién soy.
India me atravesó sin permiso. Un día de enero me descubrí en un aeropuerto, sola, haciendo escala en un país musulmán. Al principio me pareció compleja, pero su intensidad fue el motor para que me animara a más. Entre chapatis, desierto, santuarios y chai, la India reveló lo que debía ser. Así, en la confusión del cambio, Viveka surgió de la nada, un domingo de otoño, entre rosas, especias, poemas, palabras y un té negro argentino que se quería mezclar.
Viveka, en sánscrito es discernir, es entender lo inevitable del movimiento, que el cambio sucede siempre y la certeza de lo que es, se vuelve presencia. Esa “esencia” o “espíritu” que permanecen intactos, que nos hace únicos y a la que siempre vale la pena volver. Es en este espacio de té que me encuentro, conmigo misma y con otros. El té hace de puente, cuando es inevitable mirarse a los ojos.

Es encontrar en un pequeño cuenco de té, ese hueco vacío que puede ser completado por las experiencias y sensaciones que se propongan.
Viveka es el vehículo de expresión donde las pequeñas cosas toman magnificencia y se transforman en un encantador viaje, dónde la magia es posible.
Viveka es la sensibilidad del arte, la simpleza del té, la nobleza de la tierra, el amor por lo genuino y la sabiduría del espíritu. Viveka es el Ritual del Té.

10 Comments

  1. Manu , on Feb 23, 2015 at 21:12 Responder

    Felicitaciones! Quedó hermosa la página… solo una sugerencia que seguro la estarán viendo… (perdón gajes del oficio) al arrancar como arranca con el Video demora bastante en cargar… quizás se pueda optimizar eso…

    Besis!!!!!!!!!! y vamos por muchas #ExperienciasViveka este 2015

    • viveka , on Feb 24, 2015 at 23:24 Responder

      Muchas Gracias Manu! Estamos trabajando para optimizarla! Esperamos verte en las próximas #ExperienciasViveka!

  2. leo , on Oct 5, 2015 at 22:00 Responder

    GRANDE !! Hermanita; te quiero , impecable !!!

    • viveka , on Oct 6, 2015 at 22:57 Responder

      Muchas gracias Leo!!! También te quiero:)

  3. Mariana , on Ago 10, 2016 at 02:16 Responder

    Felicitaciones !!!
    Muy necesario hoy en dia tomarse 5 minutos un rico te y conectarnos con nuestra alma …, olvidada a veces
    por la voragine de lo cotidiano …

    Cariños
    Mariana

    • viveka , on Ago 16, 2016 at 15:14 Responder

      ¡Muchas gracias Mariana! ¡Por muchos más encuentros con té!
      Un cariño.

  4. Susy , on Oct 26, 2016 at 12:57 Responder

    excelente tu pag Vane, emocionante el relato de de infancia y recuerdos familiares.
    te felicito.

    • viveka , on Dic 2, 2016 at 13:13 Responder

      ¡Gracias Susy! ¡Un beso grande!

  5. Fede F , on Dic 2, 2016 at 01:50 Responder

    Te Felicito Vane!!! Muy bueno todo lo que hiciste. Muy buena la página y el logo.
    Saludos

    • viveka , on Dic 2, 2016 at 13:13 Responder

      ¡Muchas gracias Fede!